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Cambiarlo todo: Comités en Defensa de la República Catalana

El conflicto en Cataluña está lejos de resolverse. La región lleva casi cinco meses intervenida por el gobierno español y varios referentes y políticos independentistas permanecen presos o exiliados. En ese particular contexto crecen los CDRs, espacios asamblearios que nuclean a cientos de personas en diferentes barrios y pueblos para luchar a favor de la independencia. La organización recupera la tradición anarquista y de izquierdas de la historia catalana, en el marco de un movimiento independentista que paradójicamente tiene su mayor representación institucional en un partido político que acumula casos de corrupción y políticas neoliberales.

Por Lucía Maina para La tinta

El independentismo catalán se parece a un caleidoscopio: según cómo lo miremos y hacia dónde lo hagamos girar, la cosa puede tomar una forma u otra, las piezas pueden unirse o separarse, tomar un rumbo u otro bien distinto. El movimiento soberanista en Catalunya puede verse como un reclamo de la burguesía por concentrar recursos en la región más rica del estado español; una estrategia de la clase política que apela al nacionalismo para capitalizar una reivindicación masiva; o una vía que el pueblo ha encontrado para romper con la monarquía y avanzar hacia un cambio social. Ésta última es quizás la versión que más se acerca a los Comités en Defensa de la República (CDRs), un espacio asambleario que recupera la tradición anarquista y de izquierdas de Cataluña y los aires revolucionarios que brotaron del 15M.

Los CDRs surgieron primero como Comités en Defensa del Referéndum en octubre de 2017, en el marco de la votación que se celebró el primero de ese mes y que se volvió un momento bisagra para Catalunya. Después del triunfo del sí en las urnas, el Parlamento catalán constituido por una mayoría independentista aprobó el 27 de octubre una declaración en la que proclamó el establecimiento de la República Catalana como “Estado independiente y soberano, de derecho, democrático y social”. Cuarenta y cinco minutos después, en Madrid, el Senado aprobaba la intervención de la región, medida que continúa hasta hoy y que supuso el cese del presidente de la Generalitat Carles Puigdemont y su gobierno, la restricción de los poderes del Parlamento y la convocatoria a elecciones.

En los meses que siguieron hubo detenciones a diversxs referentes y políticxs del independentismo, algunxs de los cuales aún hoy se encuentran en prisión preventiva acusadxs de sedición.  Otrxs se exiliaron en Bruselas, entre ellos el propio Puigedemont. En gran parte, es esta inhabilitación de los líderes del movimiento la que ha impedido hasta ahora la investidura de un nuevo presidente de la región por parte del parlamento catalán, que nuevamente posee una mayoría independentista después de las elecciones de diciembre pasado.


Mientras tanto, cada semana se repiten las manifestaciones que reclaman “libertad a los presos políticos”; los lazos amarillos, símbolo de este reclamo, se multiplican en todos lados, y miles de vecinxs se reúnen en asambleas, asociaciones y partidos políticos para avanzar hacia la soberanía.  


Oriol me espera en un atardecer de febrero en Barcelona, parado debajo de un mural inmenso que dice “Poder Popular”: es la puerta de Can Vies, centro social ocupado del barrio de Sants. Él integra el Comité en Defensa de la República de esa zona, que es tan solo uno de los alrededor de 200 CDRs que se han conformado en diferentes barrios de la capital y  en los pueblos catalanes.

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Foto: Lucía Maina

La última vez que estuve en este mismo lugar fue el 29 de mayo de 2014: el mismo día que en Argentina conmemoramos nuestro Cordobazo, en este barrio barcelonés se realizaba una revuelta popular que impidió el desalojo de este centro autogestionado, que ahora ya lleva 20 años funcionando. El fuego brotaba en esquinas y contenedores, y miles de personas corrían por las calles angostas perseguidas por los disparos de los Mossos d’Esquadra, la policía catalana. Paradójicamente, en estos días, la Justicia está investigando a la cúpula de ese cuerpo policial, acusada de haber actuado a favor de los independentistas durante el referéndum del 1 de octubre.

Oriol me aclara que él esta aquí para hablar como integrante del Comité en Defensa de la Republica del barrio de Sants, y no en nombre de Can Vies, ya que en la casa no hay consenso sobre el apoyo al independentismo. Cada hecho, cada rincón expresa lo caleidoscópico de este movimiento, que une y divide posturas hacia dentro y hacia fuera de todos los sectores y clases sociales.

Defender las urnas, enfrentar la represión

“En cada lugar y en cada población los CDRs surgen de formas distintas”, empieza explicándome Oriol. Aquí en Sants, me cuenta, el espacio se formó en septiembre pasado como una asamblea abierta a distintas personas y organizaciones para aunar esfuerzos en garantizar el referéndum y enfrentar la represión que se veía venir. Las características y posiciones de los distintos comités también varían, agrega, especialmente entre aquellos que funcionan en Barcelona y las organizaciones del resto de Catalunya, porque “en el interior la cultura es más conservadora y en un CDR de un pueblo de 500 personas, por ejemplo, está todo muy mezclado”.

—¿Quiénes participan de los CDRs? ¿existe cierta unidad dentro de la organización?

Ha habido diferentes fases. En un primer momento aparecía esa fase de represión y mayoritariamente fueron movimientos sociales. Además aquí ni tan solo se llamaba CDR cuando apareció, sino que eran como grupos de barrios, de pueblos. Cuando se vio que en el referéndum había algo más que organizar, que había que defender colegios y proteger a la gente que pudiera hacer cola para ir a votar, entonces ya se hizo más amplio. Participaron  padres, madres, grupos de escuelas que aquí les llamamos AMPA (Asociación de Padres y Madres de Alumnos), gente que quería votar, gente de movimientos sociales, y así se empezó a organizar la defensa de lo que sería el referéndum.

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—Antes de que llegara el 1 de octubre ya hubo una organización bastante horizontal para traer las urnas…

—Si, esta parte es bastante simbólica porque las urnas las trajeron desde un pueblo de Francia donde muchos refugiados republicanos estuvieron en un campo de concentración cercano cuando acabó la guerra civil. Hubo gente que hizo una excursión hasta allí para buscar las urnas, las tuvo escondidas en su casa durante el tiempo que hizo falta, hablamos incluso de meses.


Yo no sé qué es lo que esperaban que sucediera desde las instituciones, pero si no hubiera sido desde la auto organización de las personas de todos los pueblos las urnas no hubieran llegado y esto no hubiera pasado. Además de todo lo que supuso la resistencia o la permanencia de gente que hubo en las escuelas durante todo el fin de semana para que pudieran estar abiertas el domingo como colegio electoral.


—¿En ese momento ya estaban constituidos los CDRs?

—Eso depende de cada lugar. Actualmente sí que los CDRs están empezando a tener una organización relativamente estática, para coordinarse entre ellos y de funcionamiento y demás pero hasta este momento han funcionado como lo hacen la mayoría de colectivos y organizaciones federales o confederales. En Barcelona hay comités en varios barrios, prácticamente en todos, que hace que te encuentres en una territorial, que después va a una territorial más arriba. No hay una jerarquía marcada porque la gente que va a estas asambleas va cambiando. La idea es que sea lo más asambleario y horizontal que se pueda.

—¿Existe una instancia de decisión común de todos los CDRs de Catalunya?

—La idea parte de todas las estructuras federales o confederales que ya se ponen en práctica; ya hay muchos sindicatos, por ejemplo, que trabajan de esta forma, las CUPs –partido independentista de izquierda- también dicen trabajar asambleariamente. Es una práctica que para la mayoría de los movimientos sociales ya era bastante conocida y que es novedosa para mucha gente que hasta ahora no había participado en ningún colectivo, ni tan solo se había planteado nada de política en su vida y ahora, con la participación en los CDRs, han encontrado una manera de sentirse útiles o de empoderarse: que tus decisiones tiren adelante con la complicidad de otra gente y como mínimo no encontrarte solo y sin amparo delante de todo lo que nos está cayendo.

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Foto: Lucía Maina

—Imagino que mucha participación surgió a partir del 1 de octubre y de la represión que se vivió ese día…

—El 1 de octubre fue un revulsivo para gente que aún no estaba del todo convencida. La represión de la mañana hizo que gente que estaba un poco al margen y no quería implicarse en el referéndum se apuntara por la tarde. Fue una bestialidad sin proporciones e hizo que mucha gente se cuestionara muchas cosas.


El mismo referéndum ya planteaba dos grandes hechos: uno el debate entre lo que es legal y lo que es legítimo y por otro la desobediencia. Cuando cuestionas las leyes porque no te las crees tienes que plantearte una desobediencia y cómo tiene que ser.


Aquí la opción que eligió la gente es el hecho de intentar evitar al máximo cualquier respuesta violenta a la agresión que pudiera haber, hacer resistencia pacífica a la actuación policial.

—¿Hubo nuevos hechos de represión en todo este tiempo?

No, por suerte la violencia del 1 de octubre no se volvió a repetir. Hubo posteriormente dos huelgas generales, el 3 de octubre y el 8 de noviembre y fueron manifestaciones masivas, totalmente pacificas, y no hubo ningún choque en la calle ni piquete. De todas maneras si hubo situaciones con la policía en pueblos, por ejemplo en Calella la Policía Nacional se alojaba en un hotel y fue gente a manifestarse para exigir que los cambien de sitio. Una noche los policías salieron del hotel y se dedicaron a meterle palo a todo el que anduviera en la calle: incluso se pudieron ver en la televisión algunos policías haciendo saludos fascistas, pidiendo a gritos que los dejaran actuar.

—¿Cómo se está viviendo en la población y en las organizaciones sociales la intervención de la región desde Madrid con la aplicación del artículo 155?

—A nivel de la población general el 155 no ha afectado a grandes niveles, ha afectado a aquellos que trabajaban para la administración porque si que ha habido recortes en algunos puestos de trabajo que dependían de la Generalitat, y todo lo que depende de una subvención o presupuesto de la Generalitat ha quedado parado. La población de la calle no ha notado esa presión del 155, a excepción de que se han cargado el gobierno, han encarcelado a políticos, a dos líderes de entidades políticas y a una parte del gobierno que está en el extranjero. Desde los CDRs la idea es que una vez pasado el referéndum hay que hacerlo efectivo. Cuando hubo la proclamación de la república, entre muchas comillas, se dio un paso más también aprobando una ley de transitoriedad jurídica que suponía salirse ya del marco jurídico del estado español. Los CDRs entienden que en la situación actual lo que se debe hacer es afrontar que ya se ha iniciado el proceso para tirar hacia adelante la república. Yo por ejemplo participo de la comisión de Procés Constituent dentro del comité, con la idea de plantearnos qué forma debe tener esta república que se quiere crear a nivel sanitario, educativo, legal.

Entre las instituciones y las calles

Algunas de las miles de personas que hace años o hace meses se han subido al tren del independentismo han sentido en la piel la mayor experiencia política de sus vidas. Han amasado con sus manos la posibilidad de decidir y debatir cómo vivir y cómo organizarse en su comunidad local y han puesto sobre la mesa las preguntas censuradas desde el fin de la historia por el mundo global del capital. Han abrazado la esperanza de “canviar-ho tot”, de cambiarlo todo, aquí y ahora. Así lo repiten las consignas del sector más anarquista o más a la izquierda del independentismo catalán, independentismo que paradójicamente tiene su mayor representación institucional en Convergència i Unió, partido que aglutina a gran parte de la burguesía catalana y acumula en sus largos años en el poder casos de corrupción, medidas antipopulares y políticas neoliberales.

—Teniendo en cuenta que ideológicamente hay una diversidad tan amplia dentro del independentismo ¿Que se está pensando sobre la república que se quiere construir en cuanto a lo político, lo social, lo económico?

—Nosotros desde Procés Constituent no queremos plantear un modelo cerrado de constitución o de modelo social sino que buscamos que sea la misma población la que acabe generando su discurso. Ahora mismo, desde el CDR de Sants pero como proyecto que queremos trasladar al resto de CDRs de Catalunya, hemos creado unas encuestas para que la gente vaya respondiendo qué modelo de sanidad, de cultura, de educación, etc. quiere para esta futura república. También para llevar un poco la contraria a los movimientos tan ultraliberales que existen por el otro lado,  y que ya han escrito no sé cuantas constituciones, creadas por expertos en cada uno de los temas.

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Foto: Lucía Maina

—¿Te refieres a constituciones creadas desde dentro del independentismo?

—Si, dentro mismo del independentismo. No nos podemos engañar de que tenemos una parte de burguesía que también apuesta por esta república y por esta independencia, pero por suerte cada vez es más minoritaria. Podemos decir que la mayoría de la gente de la independencia apuesta ya por modelos sociales diferentes viendo lo que es este modelo liberal y de Unión Europea que tenemos.


Aquí, un tiempo antes del referéndum, hubo una macro manifestación para pedir la acogida real de los refugiados, esto en el resto de Europa no se ve: más bien todo lo contrario, el fascismo y el nazismo ha crecido enormemente y en cambio aquí somos más propensos a planteamientos de izquierdas. Yo tengo esa esperanza de que la parte de la población catalana que siempre ha querido tener un ideario de izquierda sea la que consiga crear ese modelo social.


—Volviendo al momento actual, ¿cuál es tu postura en cuanto a la investidura del presidente y a la posibilidad de que Puigdemont asuma desde el exilio? ¿Qué debate se está teniendo desde los comités sobre la situación del gobierno?

—No sé si se está teniendo demasiado debate… Sí que nos afecta, porque al final las instituciones son las que se supone que tienen que acabar recogiendo el fruto de lo que estamos haciendo, pero desde los CDRs ha quedado un poco claro que si no es por la gente las instituciones no mueven nada. Todo lo que pueda venir de aquí hacia adelante, si no sigue con una presión constante desde la calle, nos hará ir retrocediendo otra vez a una situación como la que teníamos hasta ahora: una autonomía subyugada. Y no sé si la gente está dispuesta a aceptar este retroceso después de haber recibido los palos del 1 de octubre y todo lo que ha pasado. Entonces la investidura al fin y al cabo son luchas de poder entre partidos y quien pueda conservar la silla. Entiendo la presunta legitimidad del gobierno, que lo han echado y que tiene sentido que vuelva, pero si realmente se cree en el discurso y el proyecto político que defienden lo último que debería importar es el nombre de la persona que tire hacia adelante ese proyecto. Lo más importante es que se cree un gobierno del pueblo.

*Por Lucía Maina para La tinta

Publicada el 16 de març del 2018 al La Tinta (Argentina)